En este célebre discurso pronunciado en la Sorbona de París en abril de 1910, Theodore Roosevelt —expresidente de los Estados Unidos, soldado, naturalista y hombre de Estado— se dirige a una audiencia europea para reflexionar sobre las virtudes que sostienen a una República libre. Lejos de las fórmulas diplomáticas habituales, el discurso entrega un
retrato moral del ciudadano que toda democracia necesita para perdurar.
Roosevelt exalta la figura del hombre que se atreve a entrar en la arena, frente a los críticos que observan desde la comodidad de la distancia. Advierte sobre los peligros del
cinismo, la inacción y la cobardía intelectual, y defiende el esfuerzo, la responsabilidad personal, el carácter y el deber cívico como cimientos de la vida republicana. Aborda también la importancia de la familia, la honestidad en los negocios públicos, los riesgos de la riqueza desligada del trabajo y la necesidad de equilibrar el patriotismo con el respeto hacia las demás naciones.
Una pieza memorable del pensamiento cívico moderno, vigorosa, exigente profundamente actual.